Sobre pérdidas, amores inconmensurables y escritura




Es sin duda el estado que yo trato de alcanzar cuando escribo, un estado de escucha extremadamente intenso, pero desde el exterior. Cuando las personas que escriben dicen: cuando escribo uno está concentrado; pero yo no me poseo absolutamente en nada, yo misma soy un colador, tengo la cabeza agujereada. Solo de esta manera me puedo explicar lo que escribo, porque hay cosas que no reconozco en lo que escribo. Es decir que ellas me vienen de otro lugar

Marguerite Duras


Hace un par de meses he dejado de escribir, efecto de una conmoción paralizante de aquellos significantes que melancolizan y fijan el erotismo a su lado más oscuro, la fragilidad y el temor a la pérdida.

Decidí esta última semana de diciembre retomar la escritura que quedó suspendida como una forma de hacer memoria de un verano, otoño, invierno y primavera en las que el cielo anaranjado de finales de marzo se precipitaba sin rumbo ante la gama de grises y de rosas que nos brindó el invierno. El borde del mar por primera vez parecía estar más encerrado que mi propio encierro.


Porque desde mi ventana he visto con nostalgia pasar un afuera que me parecía inicialmente ajeno e intocable, y que me obligaba a volcar la mirada a una intimidad contrariada en la que muchas veces la que piensa, la que sueña y la que actúa en mí se malquistan.

Durante este tiempo mis compulsiones con las que suelo escapar se volvieron aún más equívocas, y me vi interpelada después de unas cuantas semanas de insomnio a tener que hacer algo con mis divagaciones, con la eminente circulación de la muerte y con la pérdida de los rituales y las rutinas. Días tras días viendo de frente la inmensidad del mar, el oleaje que nunca se detiene, el temor a que todo eso me inunde tanto como inundarme en él, el acceso a la inmensidad de lo inabarcable.


El miedo a lo irrepresentable me llevó siempre a querer sostener nuevos sentidos, para soñar, para amar, para poner a funcionar algo de Eros sobre el telón de fondo de Thánatos, dualidades invariables de la apuesta que hacemos por vivir. Yo elegí escribir como una forma de tramitar el dolor de las pérdidas y de la ausencia de certezas, pero cuando quise hablar sobre ello fracasé. Quizás porque quise ser cauta y atiborrarme de saberes y palabras vaciadas de mi memoria corpórea como intentos de suprimir el dolor que hace carne desfalleciendo sin desfallecer... y en esa extrema precaución confieso que me inhibí.


La paralización en la escritura se repite en ciertos hitos de mi vida, ha sido uno de mis peores síntomas, y del que asoma la misma posición que tengo frente a las encrucijadas de la errancia amorosa. Mi pasión amorosa no es más que el desenfreno con que se cruzan mi miedo a la desmesura, la lucidez aguda y el desasosiego. Porque siempre cuando digo amar, nunca tengo idea de lo que eso significa para mí. Es por la existencia de otra escena que deviene tardía que puedo finalmente nombrar si ese beso fue el último, o si el café pendiente quedaría pendiente por el resto de la vida...

Soy de la idea que así como se ama es así como se escribe, en ambos nos confrontamos al vacío, a encontrarnos en la soledad y a descubrir que la escritura salva a partir de una escucha particular, volvernos extranjeros a nosotros mismos. Estoy de acuerdo cuando Marguerite Duras se refiere a la escritura como un estado de escucha extremadamente intenso, pero desde el exterior. Uno más que un saber es un colador, la cabeza agujereada. Porque toda escritura no puede conformar identificaciones, sino que precisa de abandonarlas, de no reconocerse en ella.


En este sentido el escribir es un encuentro inevitable con el dolor, el dolor de los ideales que abandonamos, de las ideas que se escabullen o el dolor de que la expectativa de lo que queremos ver escrito siempre nos obligue a escuchar otra cosa. El dolor es la afirmación de la vida, de sentir que no estamos anestesiados ni que somos inmunes al paso del tiempo. Es paradójicamente una forma de lucha contra el malestar de vivir. Es también erotismo al ser la afirmación de la vida hasta la muerte. ¿No se trata acaso del juego en que nos vemos cara a cara con nuestros recónditos secretos y con el secreto de lo que encierra y hace transcender el mundo?


Son heridas de identidad, de intentar acceder a uno mismo deshaciéndose de lo peor. Poner la existencia en peligro, es tener también que vernosla con el enigma de la vida. “Hoy me hago daño para ver si sigo sintiendo. Me concentro en el dolor, la única cosa que es real…el viejo pinchazo de siempre…todas las personas que conozco al final se van…” estos versos conforman las letras de una canción que escuché durante todo este año, es una manera de hacer marca, el dolor deliberadamente inflingido es también una forma de evadir el sufrimiento y dar un paso hacia un si mismo más propicio. Porque el dolor también nos recuerda que puede sorprendernos, una misma canción puede ser interpretada para sobreidentificarnos con la pena de toda clausura o puede ser un signo de apertura a la posibilidad de ilusionarnos.

De ahí que el amor no es unívoco, sino mas bien paradójico, por eso suscita encrucijadas, si bien la ilusión que nos provoca es placentera también nos enfrenta a una posibilidad real: el dolor de tener que despedirnos, despedirnos de esas mismas ilusiones que lo engendraron, de tener que decepcionarnos para avanzar.

A los amantes les es dificil acabar, pues siempre se quiere estar en ese estado hipnótico, en esa vacuola que nos protege de todo lo que resulta amenazante, de permitirnos un paréntesis al mundo, tiempo fuera que nos permite abrir espacios para habitarlo, tornándose el amor un ritual que ofrece la posibilidad de volver el tiempo perdurable, habitable: una morada.


Todo comienzo es posible a partir de un término para poder acompañarnos sin quedar inhibidos por la necesidad de garantías. Hoy continúo pensando en uno de mis versos favoritos de Teillier “me despido de una muchacha que sin preguntarme si la amaba o no la amaba caminó conmigo y se acostó conmigo cualquiera tarde de esas que se llenan de humaredas de hojas quemándose en las acequias”…”Me despido de una muchacha cuyo rostro suelo ver en sueños iluminado por la triste mirada de trenes que parten bajo la lluvia”.


Porque este año fue de despedidas, y en especial, duele la de quien no me preguntó nunca si lo amaba o no lo amaba y sin embargo caminó conmigo una serie de atardeceres tan iguales a otros a tal punto de confundirse. Porque la escritura es una forma de recuperar aquello que se pierde, es un intento de tomar distancia para apreciar mejor lo que nos arroja a ese vacío…


Dicho de otro modo, para que sus rasgos se grabasen en mí necesitaba tiempo y un poco de distancia en sentido estricto, como esos pintores que trabajan a la antigua y retroceden unos pasos para apreciar mejor su motivo, sus relaciones de proporción con el entorno y sus efectos de contraste. (Catherine Millet)


Amar tiene algo muy similar del acto de pensar, es una encrucijada, o asumo el arrobamiento incómodo que moviliza el deseo o detengo cualquier movimiento con el fin de evitar que la angustia aparezca. De estas encrucijadas muchas veces me paralizo, porque precisamente no hay forma ni recetario posible que asegure pasar por ella sin angustia.

Este amor que me quema es una de las cartografías más errantes que he tenido que trazar, precisamente porque el camino ya está hecho y al mismo tiempo nunca deja de (re)escribirse.

Cuando amo me quemo, me quema el tedio, el desasosiego y la angustia de lidiar con las contradicciones y equívocos que me atraviesan, con mi propia desmesura, mi dramatismo, mi inconsistencia, y las ritmicidades de una risa inagotable que convive a la par de mi placer cotidiano y mi profunda tristeza.

Porque amo desde todas estas fuerzas anímicas con que batallo cotidianamente y que no obstante, siguen aspirando a encontrar una tregua para poder abrazar a otro y acompañarlo, sacrificando mis propios anhelos y cavilaciones. Por que amo consciente que ofrezco algo que no tengo ,pero porque no lo tengo puedo sostener el deseo de poder rehacerlo cada día...

Soy de las mujeres que aman en exceso, que no conozco el término medio, el amor calculable o una entrega a medias tintas, ni menos una entrega que tiene una lista de códigos, políticas de uso y de buenos términos. Soy de aquellas que se dan con todo el cuerpo, de las que la pérdida del amante se vive como si faltara el aire, y los encuentros esporádicos se viven como si no existiese una fecha de caducidad. Me entrego con todas las lágrimas y con todos mis miedos, y con la impotencia de que siempre faltan las palabras para poder expresar a un otro esto que me ocurre.

Porque padezco mis pasiones, es que amar nunca calza con las palabras. Lo único que he constatado en mi experiencia es que se ama muchas veces pero nunca de la misma forma y que cada vez que he intentado objetivarlo se me escapa, el lenguaje amoroso se parece más a literatura que a otra cosa, porque es indescifrable.

De lo único que estoy segura es que amar nos ofrece más riesgos que garantías.

Amar como el pensar, se trata de atravesar un riesgo por el que el pensamiento se vuelve acto, es una forma de poner a funcionar todas nuestras tensiones y nuestras paradojas, poder transitar de los sentidos dados a los sentidos nuevos.



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