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Del final del verano y cómo el ansia de vivir nos hizo resistir y no desfallecer

Hace unos meses atrás la psicoanalista argentina Alexandra Kohan escribía sobre los finales. Los finales posibles de una relación, de un libro, de un trabajo, de las vacaciones. Todo final puede abrir paso a la melancolía, acceso de nostalgia y sin embargo, algo se escabulle a ser reducido a una lectura del final como simple retorno de lo perdido sin poder  repasar lo que esa fugacidad del tiempo trae de nuevo. En este artículo, Kohan cita un texto de Freud de 1915 La transitoriedad, escrito en plena guerra, el cual reúne sus primeras ideas sobre su trabajo posterior respecto al duelo. El texto de Freud arranca con la siguiente frase:


“Hace algún tiempo, en compañía de un amigo taciturno y de un poeta joven, pero ya famoso, salí de paseo, en verano, por una riente campiña. El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse con ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno moriría, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podrían crear. Todo eso que de lo contrario habría sido amado y admirado le parecía carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado”.


Para Freud lo bello y perfecto pueden derivarse de dos mociones del alma: el dolorido hastío del mundo o la revuelta contra esa facticidad aseverada. Y entre esas opciones la primera era del poeta, la segunda, en cambio era la posición freudiana en que la transitoriedad conlleva un aumento de valor de lo bello “El valor de la transitoriedad es el de la escasez del tiempo. La restricción de la posibilidad de goce lo torna más preciable”… “ el valor de todo eso bello y perfecto estaría determinado únicamente para su vida sensitiva; no hace falta que le sobreviva y es, por tanto, independiente de la duración absoluta”.


Ante la fugacidad del instante, hay algo que permite reinscribir esa experiencia, valorarla. Lo fugaz, lo perecedero puede hacernos conectar con las posibilidades que su finitud convoca.


En la últimas semanas de febrero Pedro Gandolfo escribía sobre los veranos que comienzan a agotarse, el final de los días estivales “la sombra que se cierne sobre el verano, proveniente de la percepción nítida y lánguida de la fugacidad del tiempo, de su pasar acelerado, de la conciencia de que se asoma la llegada rauda e inevitable del término, de que se avista en el horizonte el fin de la época estival, la aparición difusa del otoño que va entrando, y de marzo y sus agitados afanes”. Vuelta y (re) vuelta al término de las cosas…


Estamos condenados a la finitud, pero a pesar de esta sentencia, podemos elegir hacer algo con su presencia más que sólo a padecerla o negarla. Hoy de golpe termina el verano, se asoma el otoño, caducidad del tiempo estival: hoy la naturaleza nos deleita con la lenta desnudez de los árboles así como aflora también la desnudez de los anhelos que lentamente dejan de acompañarnos. Y pienso a Aznavour con su interpretación de la Bohemia como el canto del otoño “era el amor felicidad, era una flor de nuestra edad… teníamos salud,/ sonrisa, juventud /y nada en los bolsillos. /Con frío, con calor /el mismo buen humor/ bailaba en nuestro ser/ luchando siempre igual/ con hambre hasta el final/ hacíamos castillos /y el ansia de vivir/ nos hizo resistir/ y no desfallecer… la Bohemia, la bohemia..” Hoy regresé a París /Crucé su niebla gris /Y lo encontré cambiado/Las lilas ya no están /Ni suben al desván /Moradas de pasión /Soñando como ayer /Rondé por mi taller /Mas ya lo han derrumbado/ Y han puesto en su lugar/ Abajo un café-bar/ Y arriba una pensión …La bohemia, la bohemia/Que yo viví, su luz perdió/ La bohemia, la bohemia/ Era una flor y al fin murió.


De las flores que mueren, volviendo a Freud, nos quedan dos caminos:  seguir como el poeta resistiendo de la belleza al no poder dar paso a su inminente declive, o por el contrario hacer de esa finitud lo hermoso de esa vivencia, asumiendo que los duelos por pérdida expiran de manera espontánea y luego sustituiremos los objetos perdidos por otros nuevos que puedan ser en lo posible, tanto o más preciables.

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