Del Hashtag a la fisura inasible del lenguaje



PRÓLOGO:

Eros y la agonía de las palabras

Unos meses atrás me reuní con Troy en su casa. Ya bastante alcoholizados y en medio de nuestras delirantes conversaciones le comenté la idea de hacer una experiencia lúdica en que la palabra fuese un portavoz inquieto que nos sedujese a pensar. 

Fui sincera en comentarle mis inquietudes: sentía que la pandemia devenía como una gran metáfora que coagulaba cualquier otra forma de nominación que no derivara de lo higiénico o de los virus.


En términos lingüísticos, nos había robado la posibilidad de ocupar otros significantes que actuaran movilizando el deseo.


El peor aislamiento era la imposición de un lenguaje unívoco que neutralizaba cualquier forma de producción desestabilizadora del sentido oficial.


Hablar sobre erotismo era un acto político de subversión contra la experiencia del distanciamiento social y el encasillamiento de los binarismos del contagio.

Al rato nos dimos cuenta que no podíamos reducir esta función solo a la pandemia. Se hacía necesario reflexionar sobre las condiciones de época que posibilitaron la instalación inmediata de un discurso amo, y en el cual nosotros estábamos sujetos en una especie de servidumbre voluntaria.

Ambos coincidimos que los diversos discursos actuales circulan en torno al miedo, a la seguridad y a los imperativos de felicidad. Triada que se habían constituido como promesa de vivir de una determinada manera, como una técnica que sirve para dirigir a las personas.

Asistíamos a un terrible espectáculo que no dudábamos en llamar la agonía de las palabras. Estas habían sofocado su posibilidad creadora y su lugar de equívoco, y ahora aparecían como palabras alfanuméricas precedidas de un gato: palabras etiquetas, palabras hashtags.

CAPÍTULO 1:

De la hiper exhibición a las pantallas en negro.


*

He tomado algunas clases de escritura académica, y sé la importancia que tienen las palabras claves para los indicadores de impacto y el mundo de la métrica, definen la posibilidad de ser buscado y de ser encontrado. Algo parecido ocurre con los hashtags que son un pasaporte clave de entrada a las redes sociales, como el multipass utilizado por Leelo en El Quinto Elemento.

Utilizamos hashtags como una herramienta que permite marcar el contenido que compartimos en redes sociales, y así hacernos más visibles. Además nos permite filtrar las búsquedas en torno a la comunidad imaginaria e ilusoria a la que momentáneamente queremos pertenecer a través de temas que compartimos en común.

Sería algo así como una visa transitoria que permite desplazarse en una sociedad caracterizada por la tiranía de la homogeneidad, y en donde no podemos quedar ajenos. Con este pasaporte uno puede acceder a la información inmediata, saber qué es lo que las personas están diciendo sobre algún tema, y también dar autorización a una serie de licencias que permiten saber todo sobre mi: soy identificable y me identifico con.

Todo este ejercicio es fundamental para la sobrevivencia en las redes sociales: aumentar el número de seguidores, fans o clientes.

Crear mi propia marca es sentir el éxtasis que proporcionan un montón de likes, o la abrumación de no tenerlos. He cedido mi libertad al control de los otros, pero bajo el supuesto ingenuo de que yo libremente elegí mi marca ¿Cualquier marca?

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Según un listado de hashtags más populares en Instagram durante el año 2020 sobre temas generales, la gente se etiqueta entre los hashtags # fabuloso, # activo, # amor, # adorable,

# smile, # netflixandchill, # naturaleza.

Cuando se refieren al tema de Home Office, las marcas preferidas por los usuarios de Instagram fueron # Trabajandodesdecasa # StayHome # Homeoffice # Zoom # Newnormal. Sus filtros se relacionan con la posibilidad de clasificarse como armonioso, como parte de una convivencia ideal y anestesiada en la que cualquiera puede ocupar el lugar de la manzana podrida, habitar en el margen, o simplemente no ser sujeto de preferencia. Algo muy distinto de lo que ocurre en Twitter y los doscientos caracteres de agresión, pero ese será un análisis para otra entrada…

Sin embargo, se produce cierta disonancia cuando uno indaga aquello que la gente busca en la web. Lo que se busca no se reconoce abiertamente como preferencia, o no es la palabra marca visible.

Un estudio asegura que se registran cerca de 4,5 millones de búsquedas en Google en un minuto cualquiera, y que lo que más buscamos se refiere al sexo. El sexo sigue siendo un buen indicador del estado de la economía. Entre cincuenta webs más visitadas de todo el mundo se encuentra PornHub. El 2019 esta web terminó con cuarenta y dos mil millones de visitas, más de ciento quince millones de visitas diarias.

Me pregunto cómo será esta cartografía de navegación por la red, en estos espacios por los que libremente buscamos y el cómo queremos ser buscados. La sexualidad y el erotismo produce inevitablemente conflictos que no se limitan a la justicia social, a establecer la igualdad sexual y a aclarar las funciones de cada sexo para que reine la felicidad y armonía. El lugar del sexo en la cultura es y seguirá siendo algo del orden de lo problemático.

¿Qué lo hace problemático? En el principio estaba la naturaleza, y esta sigue siendo el problema moral supremo. Mientras no instalemos las preguntas que conciernen a nuestra actitud en relación con la naturaleza, no comprenderemos nada con respecto al sexo.

La sociedad es una construcción artificial, una defensa contra las fuerzas de la naturaleza. Su propósito es civilizar todo resquicio de animalidad y barbarie, ocultar finalmente nuestra sumisión a ella, ofrecernos ciertos velos para que esa animalidad permanezca oculta e inalcanzable.


La animalidad da miedo y desespera, es el exceso. La sexualidad y el erotismo constituyen esta compleja intersección de la naturaleza y de la cultura. Una forma de revertir el miedo y la desesperación es crear estados de ilusión permanente: Dios, Ciencia , Educación y Economía.


¿Qué ilusiones oferta la sociedad actual? ¿Cómo se viven estos grandes espejismos en nuestro habitar cotidiano? ¿Son acaso los nuevos discursos amorosos formas imaginarias de cubrir el vacío que deja la separación de nuestra animalidad en el orden de la dicción? ¿Son acaso las (a)dicciones intentos fallidos de tapar esa angustia estructural en tanto salen de todo decir bien?

***

Todo mi día transcurre frente a una pantalla, el genérico Zoom, Meet, triple w, Http, Facebook, Whatsapp, Instagram, Tweeter, Email, Youtube, Tinder, Tamdem, Le Monde. Miles de aplicaciones y notificaciones al día, silenciadas por supuesto. Un sinnúmero de links, vínculos y contraseñas.

Y siempre el mismo slogan: feliz, empoderada, todo daño es delito, todo es delito, sexo es delito, si digo sí es sí, si digo no es no, si digo no nunca es sí. Imagen del culo, de tetas, de twerking, de culo otra vez. Hashtag Naturaleza: subo el cerro, foto del culo, culos grandes, musculosos, duros, grandes y duros. Videos de mujeres saco la lengua, escondo la lengua, pongo la mano en la pantalla, tengo otro oufit. Soy XL, soy extra linda, soy asexual, todos somos Yo. Compartir memes. Pelear, enfrentamiento, Hater. Ridiculizar, Bolsonaro, Trump, renuncien todos y pandemias, hashtag yo me quedo en casa, hashtag yo me cuido, y muertos, muertos números, muertos contables, muertos recuperados, y calentamiento global y fotos y fotos y baile y más baile, y pantallas en negro.

Pantallas en negro… ¿No es acaso paradójico que en esta sociedad donde prima la hiper exposición y la hiper visibilización, se necesite apagar la pantalla precisamente cuando hay un otro dispuesto a mirarte? Exceso de ser visto y escapar de la mirada del otro. Ver y mirar no es la misma cosa. ¿Somos capaces de sostener la mirada de un otro distinto a nosotros? O ¿Esta exposición de uno mismo constante ha significado transformar a los otros en otredades vigilantes, evaluadoras y voraces? ¿Cómo estamos construyendo las formas de relacionarnos con otro que no tiene mi marca?

Finalmente, la agonía de la palabra es parte de una creación desahuciada y en desuso que solo sabe vestir un traje, el de la frustración. Hoy somos una sociedad cansada y frustrada, con un humor automático, con un sexo mecánico. Y donde es más fácil las regulaciones con otro por medio del código penal que por medio de las confianzas.

CAPÍTULO 2:

La idea del Manifiesto como recuperación del Erotismo.

Fue así que junto a Troy imaginamos hacer un blog... como toda noche de exceso, las palabras se destrabaron, y Troy comenzó, como si hubiese mediado una inspiración divina, a reproducir en una servilleta lo que serían los Diez Mandamientos de Cartografías Errantes, o al menos inició el primero. Se trataba más de una escritura conjunta, a ratos... mi escritura.

La idea era elaborar un manifiesto que recogiera los principios de un modo de escribir que escapara de la lógica del enfrentamiento inmediato para dar paso a una escritura indescifrable, que tomase otro tiempo, más pausado, más pasado.

Esta especie de juramento nos obligaría a quienes nos suscribimos a este proyecto a suspender el juicio, mantener el anonimato de las historias, que pasan a ser mi voz como las de tantos, que pasan a ser esquinas de encuentro y bifurcación precisamente en divagaciones, oleajes. 

Un acto de sabotaje a toda escritura que pretenda constituirse en dogma. Apostábamos por la pregunta que incomoda y desestabiliza, de una manera absurda: a partir de nuestros propios dogmas. 

Desafiar al autoritarismo y el punitivismo con otra propuesta doctrinaria que carezca de sentido, ofreciendo la posibilidad de reescribirse en pos de crear un imaginario propio: un imaginario conjunto.

Para nosotros todo se resume en una actitud lúdica que conlleva algo de ironía y juego, y al mismo tiempo una profunda gravedad y solemnidad. 

CAPÍTULO 3:

Troy y el devenir inadmisible.

Pero para llegar al Manifiesto, Troy tuvo que dar diferentes vueltas. En realidad ambos tuvimos que divagar hasta que algo aconteciera.

Recuerdo que un par de horas antes, había comenzado a compartirme sus miedos, su fragilidad. El problema de Troy es que siempre suponía sus emociones como universales, por lo que fue directo en preguntarme si alguna vez yo había experimentado el temor de que me apareciera una vagina dentada.

Obvio que sí- le respondí. Es muy probable que todos los que hemos visto el Festín Desnudo tengamos grabada esa imagen en nuestras retinas.

Era una rotunda mentira, o parte de mi habilidad de eludir. Sabía que Troy me preguntaba por el temor a que me crecieran dientes en mi propia vagina y no a las máquinas de escribir parlantes, carnosas, palpitantes y sensuales de Cronenberg. En este terreno ginecológico, pensar en mi propia vagina era visualizar imágenes de fluidos menstruales, pústulas, llagas, condilomas, parásitos y todo un conjunto de células decididas a rebelarse en cualquier momento de su organismo. Pero dudé compartirlas con él, no al menos en ese momento.

Le tengo una gran confianza y cariño, y a veces me parece un frívolo materialista. No son características antagónicas, sino parte de sus tensiones y de su fervor por transparentar sus propias paradojas que también son las mías.

Troy puede sorprenderme, precisamente porque pareciera ser que siempre irrumpe con un imprevisto. Pero su imprevisto no es vulgar, no es desconcertante, no me violenta. Sabe incomodarme y hacerme reír a carcajadas: sabe despertarme. En su lenguajear, produce fisura, escisión, todo un cúmulo de ocurrencias que demuestran su genialidad fragmentaria, “genialidad poiética de la producción en el instante, en la luz del relámpago”.

Es la chispa creadora, lo fugaz, lo inasible. Intenté esquivar el tema. No es que no me guste hablar de vulvas con Troy, pero lo conozco y sé que la conversación puede extenderse y hablar muchas horas de lo mismo, y yo quería hablar de la errancia y del erotismo de época.

Mi primer desvío del tema no resultó. Tuve que permanecer atenta a sus relatos sobre sus terribles miedos de infancia, sus fantasías nocturnas y la gran culpabilidad que eso le generaba. Siempre tuvo terror de que su madre le comiera el pulgar de su mano derecha con sus colmillos vaginales, todo por chuparse el dedo. Hubiese preferido imaginarla con un seno ennegrecido, pero jamás comparar su orificio genital con un sacapuntas.

Cuando lo escucho transito del sin sentido del absurdo a la risa. Troy es un buen lector y reconozco que siempre sus referencias están tomadas de su temprano acercamiento con los libros. No siempre me río de lo absurdo, a veces lo irracional me deja perpleja, inhibida. Ahora bien, con Troy todo es más fácil porque no hay nada que entender entre nosotros. No somos pareja, lo que nos permite siempre sostener un erotismo sin ganancia ni pérdida. Tampoco nos clasificamos como amigos. Compartimos ciertos objetos de amor que nos acercan y otros tantos que nos alejan. Esta indefinición nos permite sentirnos cómplices disfrutando de un viaje a ninguna parte.

Si me gusta, me gusta como se mueve y también como se paraliza. Piensa mientras camina, como un peripatético del confinamiento. Se pasea por su narcomansión de Malibú, así la nombramos. Nuestros encuentros conservan aún algo del orden del ritual, pasajes que se repiten y que marcan un cierto ritmo. Va a su gran biblioteca y regresa con un libro, el que disfruta de leer en voz alta mientras se pasea en línea recta o diagonal. Yo lo sigo con la mirada cuando no estoy ocupada buscando cualquier bebida alcohólica que llene mi copa vacía.

Esta vez hizo lo mismo, salvo que escogió un libro que yo aún no termino de leer y es probable que no termine. No me gusta que cuando no he terminado de leer un libro comience a suponer que debo recordar la parte de la cita textual a la que todavía no he llegado por razones obvias, sólo he leído hasta la página 20.

Troy abre el libro en una de sus páginas y me señala -recuerda este número.

Tengo la certeza de que percibe mi desinterés, lo sé porque ha empezado a leer más alto.

A la primera oportunidad que tengo, me acerco con sigilo….

Cambia de linea en el texto, parece que no le convence el fragmento que ha escogido, se exaspera y me grita suponiendo que yo le quitaré atención:


No, espera, espera…

Me pregunto si cada vez que se dirige a mí con ese gesto de impotencia y sumisión, no se recordará a su madre atrapando su dedo entre sus piernas. No quiero pensar en la sangre campo semántico de menstruación, pienso en fruición, inhibición, polución, como una manera de escaparme de la imagen que se aproxima.

Parece que ha encontrado el segmento que buscaba porque ahora puede leer con firmeza y continuidad

“¿Cómo es que sabe tanto de embolias vaginales? ¿Que cada año mueren casi un millar de mujeres?¿Víctimas de las zanahorias y las baterías que les meten aire dentro?”

Detiene su lectura y me aclara que una embolia vaginal no es lo mismo que una vulva dentada.

Admiro a veces esa sincronía que tenemos, aunque no quería volver a pensar en esa imagen y todo su campo semántico.

La vulva dentada sería la fase anterior- le respondo- como para demostrarle el interés que me genera su lectura itinerante.

Me mira, duditativo, y continúa leyendo con una voz histriónica y con su clásico inglés tejano. Siempre cuando está ebrio comienza a hablar en este inglés.

Cassie Wright sabe que en el mismo momento en que te pones a disposición de cualquier hombre, este empieza a perderte el respeto . Tal vez cuando ella conozca por primera vez a su hijo , él la amará… Pero la segunda vez él le pedirá dinero. La tercera vez le pedirá un trabajo, un coche, una dosis. La culpará de todo lo que él ha hecho mal en la vida. La pondrá verde, le restregará en la cara todas las equivocaciones que ella ha cometido. La llamará puta si ella no le da lo que él quiere

Ha sido recurrente en este último tiempo que hable de Cassie Wright cuando ha mezclado la clona con alcohol. Así que inmediatamente lo interrumpo antes que comience con los otros polvos:

Las zanahorias me recordaron a Lilith con sus bolitas, ¿Te acuerdas?

Me mira detenidamente sin decir nada, yo prosigo - la de las bolas que se usaban como afrodisiacos, ¿Era en la India o en la China? No recuerdo... - como me percato que continúa enmudecido intento volver a recordarle la historia.

Lo hemos leído juntos... no se sí juntos, pero te mandé audios de ese capítulo, tres audios si más no recuerdo. Te acuerdas de esa vez, yo tomando el sol en mi balcón, no me había bañado en días, así que nos reímos al teléfono y tu me mandaste a bañarme si quería tomar el sol como una diva...


Me gusta ver la cara de Troy cuando no me escucha, porque está absorto en dar con el nombre del texto del que extraigo mis referencias. Pienso a veces que no soporta verme sabiendo algo que él no sabe, pero también no es así, creo que le irrita no poder ser el Funes que siempre ha anhelado ser... también puede ser que me equivoque.


Persevero en que salga de ese silencio, así que continúo,


Y se pregunta ¿Cómo conseguirlas? ¿Qué tiene que hacer? Porque las indias o chinas se las insertaban en la vagina, esas bolas de superficie suave...


Me impacienta cuando Troy no recuerda lo que hacemos. Al mismo tiempo siento alivio de saber que he desviado el tema de conversación.


¿Te acuerdas? Bolas que al ser introducidas por la vagina se amoldaban a su forma y se movían a la vez que la mujer, se adaptaban a los músculos y provocaban una excitación más intensa que la del pene o del dedo.

Troy cierra de súbito el libro que había sostenido todo este tiempo abierto entre sus manos. Va a la cocina y regresa con una servilleta. Mientras garabatea con un lápiz en ella, repite en voz alta todas las combinaciones posibles de hashtags.

Tengo la impresión de que quisimos hablar de literatura erótica, pero no pudimos. Todas las imágenes de Instagram nos han conducido a pensar en un sexo visible y aséptico, nuestra conversación impúdica ha sido censurado con los hashtags. Un sexo tan consumible que mata el deseo, adormeciéndolo. Evitar caer en ese territorio común y naturalizado se vuelve un horizonte común de nuestros desvaríos. Formular preguntas en lugar de dar respuestas a interrogaciones que jamás se han hecho. Quizás el humor sea una vía para que algo de lo inadmisible advenga.


Troy, dime...¿Cuál es la relación entre el chiste y el erotismo?

No retoma mi pregunta. En lugar de eso, acerca la servilleta hacia mi lado de la mesa - acá está el primer mandamiento- agrega.


La recojo y sonrío al ver lo que ha plasmado en ella- De acuerdo, pero no quiero decirle mandamiento sino principio.


Me sentía tan ebria que me fue imposible elaborar argumentos para sostener tan iluminada aseveración. Estoy segura que algo debo haberle dicho, algo que olvidé. Se me vienen imágenes difusas de esa servilleta y de nuestras estrepitosas carcajadas. Al poco rato caí profundamente dormida en su sillón.

EPÍLOGO:

El mandamiento de la errancia según Troy.

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