Pornografía emocional: las paradojas de una seducción sin el otro (Parte 1)

Actualizado: 23 mar 2021



En todo encuentro erótico hay siempre un personaje invisible y siempre activo: la imaginación, el deseo.

En el acto erótico siempre intervienen dos o más, nunca uno.

Aquí aparece la primera diferencia entre la sexualidad animal y el erotismo humano: en el segundo, uno o varios de los participantes puede ser un ente imaginario.

Sólo los hombres y las mujeres copulan con íncubos y súcubos.

Octavio Paz

Recuerdo haber discutido largamente con un amigo sobre la diferencia entre erotismo y pornografía aun cuando compartan el denominador común del acto sexual. Hicimos el ejercicio de revisar distintas fotos de desnudos y secuencias de películas tratando de armar nuestro propio criterio sobre cuándo decimos que algo es erótico o algo pornográfico.

Parecía ser que en las fotografías pornográficas todo estaba volcado hacia lo externo careciendo de una cierta intimidad, fotografías uniformes que pertenecían más al criterio de la complacencia que de la conmoción, incapaz de impresionar, ni de invitar a pensar o conmemorar. Imágenes sin ningún punctum al decir de Barthes.

Ambos coincidimos también que la pornografía reduce el sexo a su función repetitiva y sin variaciones, como si se tratara de un lenguaje carente de seducción e inventiva, mientras que lo erótico decía más por la opacidad del lenguaje que remitía siempre a imaginar otra cosa.

No obstante, era imposible distinguir a ciencia cierta si se trataba de las características propias de lo exhibido, lo que determinaba su naturaleza pornográfica, o era la forma que teníamos de relacionarnos con aquello exhibido, una suerte de repertorio agotado y prescrito sobre el gozar de un cuerpo al que se le ha erradicado su lugar de otredad, reduciéndolo solo a su cosificación.

La discusión sobre el lugar que tiene la pornografía y el erotismo en las sociedades occidentales actuales, exige delimitar ciertas aproximaciones concernientes a la seducción, a la imaginación y a la alteridad.

Vivimos en una sociedad hipersexualizada, en donde la pornografía ocupa un lugar relevante en la vida de muchos sujetos, al menos así indican las estadísticas de los sitios web que más reciben visitas. No obstante, la dimensión actual que adquiere la pornografía difiere de las dimensiones pasadas. Hoy estamos lejos de concebir la pornografía como una fuente adicional que avive las fantasías sexuales, lo que supondría un impulso lúdico de la imaginación, un sujeto abierto a un pensar mucho más erótico que calculable.

Por el contrario, lo que advertimos es que el sujeto está ávido de consumir pasivamente un exceso de información sexual que se caracteriza por su inmediatez. Rápidamente la imagen copula con el ojo, los órganos sexuales se ven en HD y el semen sobre la cara de una mujer mostrándose extasiada configuran un signo unívoco de la performance sexual. Rostros en su más completa obscenidad, pero donde al decir de Baudrillard, se encuentra cara a cara con un rostro expuesto sin aura de la mirada. Imágenes que no dan nada que leer, que actúan sin mediación como imágenes de propaganda.

Precisamente la diferencia entre la pornografía y el erotismo está en que este último deja lugar al intervalo y a la intermitencia, a la puesta en escena de una aparición-desaparición. Por el contrario, la pornografía exhibe sin mesura la desnudez, como algo contagioso y ficticio más que atractivo e insinuante.


¿el lugar más erótico no está acaso allí donde un cuerpo se abre? (…)

en la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición.

(Rolan Barthes, El placer del texto)

Lo erótico trata de fisuras, aperturas y no de exhibición del cuerpo en su totalidad. Mientras, el lenguaje pornográfico trabaja en transmitir información y producir sentido, y reducir al cuerpo a lo informable, el lenguaje de la seducción inventa otro cuerpo, convirtiéndolo en una cartografía o un jeroglífico a descifrar. El lenguaje de lo erótico por lo tanto, es más aprehendible y aprendible, es más recordable porque aprender es aún recordar, concierne esencialmente a los signos, lo que va a la par de considerar el cuerpo como emisor de signos por descifrar.


Como todo acto poético se presenta como un impulso amoroso, un deseo dispuesto a suprimir esa distancia estructural por la que podemos soñar la alteridad como si se tratase de una unidad y proyectar ilusoriamente la diferencia, como si se tratase del encuentro con lo idéntico. La poética erótica se juega en el poder de reconocimiento que alberga la mirada, e implica un dejarnos conmover y vulnerar.

La canción Ameba del grupo argentino Soda Stereo, ilustra esta intermitencia de la seducción: es como ser ameba, ni anverso, ni reverso, la ilusión eterna de que te vas y te vas repitiendo/ Más te olvidas, más me obligas a este sentimiento/sos buena en la cama y sabes guardar un secreto, hasta quebrar tu cuerpo, y te vas, y te vas, dividiendo…



Porque los amantes van cambiando de forma muy seguido como las amebas, porque los amantes también nos envuelven como la ameba envuelve al paramecio para digerirlo. Esta seducción comporta riesgos y toma tiempo, pareciera importante saber si en las nuevas formas de producción actual hay tiempo para dotar al cuerpo de otra significación que la del sexo, y de tomar los riesgos de una ficción que siempre conlleva a la pregunta que en silencio se plantea el amante ¿Quién es ese otro? ¿Qué quiere de mí? y dónde nos abrimos con arrojo a la ambigüedad y al equívoco, de las que ciertas apuestas momentáneas pueden librarnos del sin sabor que deja lo perecedero. Porque entre las paradojas del erotismo está que nunca vemos el cuerpo de los amantes por completo, accedemos a fragmentos, una clavícula, una abertura entre los dientes, algo de piel... ausencia y presencia que nos reconduce necesariamente a la alteridad que lo habita y que me habita.


La pornografía carente de toda inventiva, nos regala la seguridad de lo performativo, pensar que es eso lo que se quiere, a un costo, que es la decepción de no llenar la expectativa, lo que abre un mercado de posibilidades, desde las farmacológicas hasta las terapéuticas de autoayuda, posibilidades que nos hacen olvidar que el animal humano a diferencia de otros animales, es el único que queriendo dormir no puede dormir, y deseando follar a veces tampoco puede hacerlo, y es que está más allá o más acá de sus circunstancias.


Esta pornografía emocional produce exceso de transparencias que no sólo igualan el sexo a su anatomía, sino que lo determinan al imperio del gustar y emocionar. Al final de cuentas, un sexo tan masturbatorio en que hay un rostro, pero no se encuentran las miradas, donde se está alerta más que distraído, donde capturados por la fascinación se niega la perturbación inherente que convoca toda diferencia, una saturación de sentidos más que de misterios. Pornográficos son también esos discursos que obligan a ser a los sujetos transparentes con lo que sienten, como una cierta emocionalidad de mostrador. Estos discursos que se producen y reproducen erradicando toda alteridad, cuando pretenden capturar los equívocos como un problema de empatía o falta de comunicación.


La naturaleza eminentemente erótica e inventiva de la poesía nos da la posibilidad de ese encuentro con la alteridad, nos revela otro mundo dentro de este mundo, el mundo otro que es este mundo. En el acto erótico siempre intervienen dos o más, nunca uno, como nos dice Octavio Paz. A su vez, constatamos el vacío que nos deja ese otro inaprensible, el mundo otro que jamás nos pertenece. Es en ese poder de imaginación y de inventiva que la seducción erótica nos constituye como otro en el reconocimiento que alberga la mirada.


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