¿El arte vale menos que la física?
- andreaceardi
- 13 ago
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Imagen 1: "Grabado en madera de M.C. Escher, Charco (1952): un camino de tierra con huellas de neumático refleja, en un charco de forma irregular, un cielo con luna, sol y ramas de árboles desnudas."
Los dichos de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, sobre el financiamiento de “las áreas prioritarias del quehacer científico” (que dejan a las humanidades y las ciencias sociales compitiendo por lo que sobra del presupuesto), han abierto un debate académico amplio, con reacciones que si bien no han sido unánimes en sentido estricto, han sido transversales.
Los discursos no aparecen de la nada. La pregunta por qué es relevante investigar, enseñar y aprender tiene un largo aliento, y esas batallas se han jugado, sobre todo, en el currículum escolar. ¿qué condiciones de posibilidad se han fraguado antes, en la escuela, para que hoy resulte plausible medir el valor del conocimiento por su rentabilidad laboral? Recordé las discusiones recurrentes por restar horas a historia y a filosofía, como si la función de la escuela fuese únicamente preparar para el mercado del trabajo o sostener la lógica de mercado de la educación en Chile. Lo que hoy se hace visible en la universidad y la política científica, ya estaba instalado en el aula.
En junio, un practicante de pedagogía en artes visuales me comentó una interpelación que había tenido en una de sus clases. Un estudiante de enseñanza media, se negaba a sacar sus materiales porque quería seguir haciendo sus ejercicios de física, le aseveró que “Profesor ¿para qué? si el arte no importa tanto como la física”. El practicante entendió de inmediato las entrelíneas de esa afirmación: el arte tiene pocas horas en el currículum comparado con el resto de las asignaturas, y pesa poco o nada en las pruebas de selección universitaria. Esa jerarquía la impone una racionalidad instrumental que, en la adolescencia, ya opera como el horizonte desde el cual se decide, de entrada, qué vale más o menos en la vida. Es la misma racionalidad, pragmática y calculadora, con que hoy se gobierna tanto lo privado como lo social.
Invité al practicante a suspender el juicio y preguntarse por qué sería natural asignarle valor a algo de lo cual todavía no tenemos el lenguaje para comprender su significado y su sentido. El arte es también una interpretación del mundo, y no solo su estudiante, sino muchos de nosotros, cargamos hoy un analfabetismo de los significados sociales y colectivos que el arte permite comprender. Sabía que decir esto era pensar, deformación profesional mediante. Por eso invité a un tercero, un físico, a pensar con nosotros si el arte importaba más o menos que la física en este mundo de intercambios. A la afirmación "El arte no vale tanto como física", esta es su respuesta:
Como físico mi primer impulso sería preguntar ¿bajo cuáles criterios?, ¿asumiendo qué hipótesis? Mi segunda pregunta sería qué se entiende por “valor”. Y allí me quedaría un poco paralizado, ya que las respuestas posibles me parecen demasiado numerosas y bifurcadas como las ramas de un árbol centenario.
Imagino que la gente, generalmente, cuando hace este tipo de juicio, piensa de manera utilitaria. Es decir, ¿qué cuenta más? El bien de la sociedad, o el bien de la humanidad, o la minimización del sufrimiento. Pero, ¿a corto plazo? ¿Largo plazo? ¿Hasta un futuro asintótico? Cuando leo argumentos de este tipo, me suenan más como un resumen de las creencias del escritor, como una justificación de sus sesgos y perversiones, que como un argumento coherente (te estoy mirando a ti, “altruismo efectivo”). Incluso en un universo determinístico, nuestro conocimiento del sistema es demasiado parcial, nuestras teorías todavía excesivamente ad hoc (no tenemos, de lejos, algo parecido a la “psicohistoria” de Asimov) para poder elegir el sendero más luminoso.
Bueno, pero la ciencia genera conocimiento, de donde brota la tecnología que mejoró tanto nuestras vidas en los últimos dos siglos. Conocemos más, podemos más que la fila larga y enroscada de nuestros antepasados. Eso es cierto. Por otro lado, el arte genera placer, para quien lo hace y quien lo experiencia, y… cultura. ¿La hormiga y el saltamontes, entonces? Bajo un punto de vista, quizás. Pero creo que es una falsa dicotomía, ya que ni uno ni el otro se pueden descartar: la cultura y el arte están indisolublemente entrelazados con la actividad humana, así como la curiosidad por el mundo. Y la promesa de la ciencia es nueva; nuestra esperanza de que continúe indefinidamente es solo eso, una esperanza. De otra manera, hemos recorrido la Tierra cien mil años haciendo arte, sin ciencia pero mirando al horizonte y al cielo.
Pues el universo no sigue ni reconoce los absolutos humanos. La elección de lo que es “valor” es, solamente, nuestra. Solo líbranos de pensar que nuestro sufragio es ley natural. Por mi parte, lo que sé es que me gusta viajar (I am tormented with an everlasting itch…). Elegí la astronomía por la misma razón por la que me gusta escuchar de épocas geológicas: por el paisaje espacial y temporal que se despliega en formas más extrañas y bellas frente al ojo de la mente. Así también leo libros y recorro museos, sumergiéndome en sus espacios abstractos, atormentados, coloridos. Solo pido al arte, como al mundo, poder decir, al final de mis días: Wow! What a trip!

Imagen 2: "Grabado en madera de M.C. Escher, de la serie Escenas del Libro del Génesis (1926): un paisaje montañoso bajo un cielo dividido entre un sol radiante y una luna creciente rodeada de estrellas y un cometa."



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